(Nota: el siguiente relato es meramente ficcional y no alienta, en ninguna forma, una falta al aislamiento)

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Las relaciones entre vecinos son cosa curiosa, puesto que estas pueden ser sumamente cordiales, como también ser atroces. Pero son sobre todo las relaciones más íntimas las más gratas de tener junto con los vecinos, porque son de las que se pueden repetir de forma constante.

Ester y Jorge, pareja de años, liberales por demás, siempre mantenían mucha discreción con sus vecinos. En especial porque vivían en un edificio donde, en su mayoría, habitaban personas mayores o familias con niños. Siendo un ambiente tan familiar, ambos guardaban un halo de respeto frente a todos. Incluso habían tenido la decencia de arreglar las paredes de su piso, de manera que el ruido que hicieran durante aquellos encuentros salvajes de hora son llegaran a los oídos de la señora Juana, de 75 años, que vivía al lado y de la Familia Monzón, que vivían arriba.

Preferían guardar toda esa pasión para los momentos en que, visitando su club liberal favorito, daban rienda suelta a sus deseos junto con otras parejas. Pero, por aquel tiempo, el club liberal permanecía cerrado. Y aunque ellos disfrutaban de sus encuentros, por demás placenteros, echaban de menos un poco los encuentros con otras parejas.

Fue entonces cuando se encontraron con Andrés y María en el ascensor, un día en el que se disponían a salir a comprar las provisiones. Ellos, al parecer, se dirigían a lo mismo. Esto no hubiera causado tanta conmoción en Ester y Jorge de no ser porque esa pareja, de muy buen ver, eran frecuentes de encuentros con ellos en el club liberal favorito de las dos parejas. Gran confusión, ¿Qué hacían ellos ahí?

Al parecer, también vivían en aquel edificio, con un mantenerse comportarse similar a la de Estés y Jorge. Debían mantener el distanciamiento social, pero no pudieron evitar detenerse a hablar entre los cuatro y rememorar los momentos en su club liberal favorito. En especial cuanto extrañaban aquellos encuentros.

Tocar los detalles de aquellos encuentros fue cosa fácil, en especial la parte donde todo quedaba limitado a aquel lugar. No pudieron evitar mirarse nerviosamente entre sí, extrañaban tanto aquello que romper las reglas, aunque fuera por una vez, sería grato. Además. Los cuatro habían sido testados recientemente y habían dado negativo a ese terrible virus. Podían divertirse un poco.

Por eso no tardaron en encontrarse en la sala del piso de una de las parejas —¿Ester y Jorge o Andrés y María? — no importaba. Solo importaba la desnudez delos cuerpos y las sensaciones que proporcionaba el encontrarse con carnes distintas a las usuales. La emoción de mirar a la pareja frotándose junto con otro cuerpo en busca del placer, gozando al mirar y al recibir. En especial era placentera la adrenalina y la sensación de estar rompiendo las reglas, que se hacía muy presente en medio de aquel delicioso intercambio que se operaba con la misma naturalidad con la cual sucedía en su club liberal.

Disfrutaron, como siempre, durante largos minutos y llegaron los cuatro a un clímax embriagador, sabiendo que aquella sería la última vez en algún tiempo donde podrían disfrutar de algo así. Sabían que habían roto las reglas, no solo de los encuentros, sino también del distanciamiento social. Pero, por una vez, era justo.

 

Fin.