Conocí a mi esposa en el colegio, era la chica más hermosa de todas y tenía un cuerpazo. Tuvimos nuestra primera vez juntos y desde entonces no quisimos salir con nadie más. Nos casamos un par de años después, cuando estábamos en la universidad. Aunque el amor era muy grande, el instinto sexual seguía latente, yo tenía curiosidad por descubrir lo que era estar con otra chica. Cuando se lo confesé con vergüenza, ella también admitió que deseaba probar otros cuerpos. Esa noche nuestra relación ascendió a otro nivel.

Buscamos por internet y descubrimos el término “Swinger” y lo normal qué era aquello realmente. Existían muchos clubes de intercambio de pareja, pero el club swinger El Paradise sin duda era el mejor de todos, en Alicante. Gracias a su sitio web oficial, conseguimos información. Llegar era muy fácil y todo estaba envuelto en el más elegante velo de lujo y discreción.

Fuimos un sábado por la noche. Mi esposa llevaba un vestido rojo que cubría la ropa interior de encaje del mismo color. La idea de verla recibir placer por otras manos, otra polla y otra boca me ponía cachondo. No había celos por ningún lado, sabía que me amaba como a nadie. Sabía que se estaba abriendo a la posibilidad de conocer otro cuerpo porque a mí no me molestaba. Ella era mía, yo era suyo, pero nuestros sexos podían ser alguien más por una noche.

Al llegar al local, todo era elegante, lujoso y pulcro. Las personas hablaban con total normalidad y bebían una copa. Algunas parejas se iban tomados de la mano hacía los apartados privados. Nos sentimos realmente cómodos en El Paradise. Todo fluía con normalidad. Nos quedamos en la barra bebiendo y hablando sin apuro algunos minutos.

Frente a nosotros una pareja en una mesa nos saludó y con una seña nos invitó a acompañarlos. Miré a mi esposa, ella me miró de vuelta y sonrió. Así conocimos a Paolo y Samatha. Ella era delgada y sensual. Él estaba en forma y tenía una sonrisa increíble. La química fue instantánea y hablamos lo que parecieron horas enteras. El que tomó la iniciativa de pasar a un apartado privado fui yo y fue aceptada de inmediato.

Yo tomé la mano de Samantha y mi esposa la de Paolo. En el cuarto de placer nos desnudamos entre besos y mordiscos suaves. Cada centímetro libre de piel era un mundo nuevo por explorar. Aquellos pechos eran más pequeños y firmes, su cintura más estrecha y su coñito recién depilado brillaba por la humedad. Cuando miré a Paolo descubrir lo que escondía aquella ropa interior de encaje de mi esposa, supe lo que encontraría. Y eso me puso aún más cachondo. Follamos tantas veces en la privacidad de aquella habitación de El Paradise, que perdí la cuenta. Al terminar, nos vestidos y tomamos una copa más.

A partir de ese día, vamos una vez por mes al club swinger El Paradise, todos los sábados por la noche. A menudo nos encontramos con Samantha y Paolo, aunque a veces probamos cuerpos distintos. Desde entonces, nunca he estado tan enamorado de mi mujer. Compartirnos con otros cuerpos, hizo que nuestra conexión y confianza se fortaleciera.

Ha sido la mejor experiencia de nuestras vidas.